martes, 27 de junio de 2017

Corazones en el café. Rita Morrigan.



Corazones en el café es una novela ¿solo romántica? escrita por Rita Morrigan y publicada a principios de 2017.

A veces, ser reacio a algunas cosas, como por ejemplo leer libros que hayan sido galardonados con algún premio, puede hacer que te pierdas experiencias que merecen la pena. Y en esta ocasión, la portada de este libro y las palabras que componen su título los han salvado del olvido y de la indiferencia.

Y demuestra, una vez más, que esto de los premios es una lotería que muchas veces ni siquiera atinan a galardonar el género de una historia: Corazones en el café es una historia romántica, sí, de acuerdo, pero también tiene su parte de drama y de improvisación aventurera que te regala una experiencia variada. Y no dudo que merece este premio Vergara y cualquier otro que le quieran dar, pero su presentación como ganadora de algo que deja tan claro su género, puede llevar a confusiones.

La historia comienza con Lena en un aeropuerto. Ha decidido cambiar de aires por una serie de sucesos que encadenándose unos a otros, han acabado con su talante. No sabe a dónde irá, solo que va a irse. Y acaba en Buenos Aires. Aquí he percibido un guiño de la autora al destino y a las elecciones en ciertos momentos de la vida. A lo largo de la historia podemos ver aquella elección en aquel momento determinado cambia la vida de Lena en todos los aspectos. Cambia su mentalidad, sus sentimientos, su forma de entender la vida y su apreciación de las cosas, quedándonos con la duda de qué hubiera pasado si en vez de elegir Buenos Aires, el primer vuelo disponible lejos hubiera sido Caracas o Quito. 

Pero una vez que Lena pone un pie en Buenos Aires, toda su concepción del mundo, cambia. Desde su recibimiento cruel por parte de dos argentinos hasta la hospitalidad que encuentra en el encuentro, causal también, de aquel café que sus conocimientos de restauradora le indica que su vitral necesita una restauración. 

Y aquí comienza todo. Una historia centrada en Lena y Álex. Pero con apariciones constantes de Hilda, Bukowski y Goldstein que forman un puzzle variopinto con situaciones de todo tipo. Porque Álex es antipático y huraño; Hilda, soñadora; el dúo Bukowski- Goldstein pícaro y ocurrente; y Lena, que está descubriendo otro modo de mirar las cosas que el que se llevó de Madrid, con sus desengaños y desencuentros. 

Entre diálogos dramáticos, lleno de pérdidas y tiempos mejores y más felices, donde conviven las pérdidas materiales con las afectivas, la llama de la esperanza se enciende despacio. Aquí no existe esa atracción instantánea tras el primer vistazo sino que al igual que se disfruta de un café, es mejor hacerlo lentamente para apreciar cada detalle de la experiencia. También nos enseña la importancia que tiene la confianza y no callarse las cosas, porque todo en esta vida acaba saliendo. Y por último, habla del valor y te acaba enseñando que aunque pienses que hagas los mejores cafés del mundo, si se olvidan los miedos y te atreves a relacionarte, te das cuenta que los detalles, como simplemente añadir un corazón a la espuma del café, es una gran idea que se te había pasado por alto. Todo cocinado a fuego lento, lo que lo hace más creíble y más sencillo el sentirse identificado con esta historia.



La noche anterior habían decidido que eran novios o, al menos, así se lo había planteado él para regocijo de Lena, que adoraba lo seguro que estaba de su relación.

—El problema de las mentiras, señorita Vázquez de Lucena, es que impiden conocer a sus dueños.

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